domingo, 23 de abril de 2017

Reportaje a Lucas Nine (o acerca del arte de saquear tumbas).

1. Jorge Luis Borges no pasó a la inmortalidad (como se estila decir) en el momento de su deceso físico, que fue allá en Ginebra, en el ´86. El tipo ya había decidido ser inmortal mucho antes, imaginándose en múltiples confines de la tierra, en épocas tan distantes como simultáneas. Y escribiéndolo todo. Borges logró esas existencias fatigando los corredores de una inmensa biblioteca interior que llevaba siempre consigo, cuyos libros versan a su vez acerca de otras vidas en otros mundos, en los cuales otras tantas bibliotecas secretas aseguran la prolongación de un laberinto profundo e infinito. Hechicero, gaucho, preso, espía. Esas son algunas de las mil vidas que vivió a través de sus personajes. En la década del cuarenta, además, fue nombrado Inspector Municipal de Aves y Conejos, cargo que jamás pensó que ocuparía. ¿Se habrá imaginado a sí mismo alguna vez como personaje de historieta? Imposible saberlo. Por suerte, el talentoso Lucas Nine supo aprovechar la anécdota y logró conjurarlo: “Borges, Inspector de aves” acaba de ser editado por Hotel de las Ideas. La excusa perfecta para charlar con él. Acerca de (su) Borges, por supuesto. Pero también sobre las formas de hacer y leer historietas a lo largo del tiempo y sobre la continuidad de la revista Fierro (tema de nuestro anterior post). Un reportaje sin desperdicio, una verdadera clase maestra en la cual vuelve a quedar demostrado que leer y escribir (y dibujar, claro) suelen ser un mismo acto creativo. ¡No se levante de su inodoro! Hoy en Al Rescate Comics, habla el señor Lucas Nine…

2. En 2011, en el #54 de la revista Fierro hizo su primera aparición “Borges, Inspector de Aves”. A ese y otro breve episodio (en el cual debía interrogar nada menos que a su amiguete Bioy por la desaparición de un loro), les siguió “Operación Espantapájaros”, una singular saga que se prolongó en las páginas de la mencionada revista a lo largo de cuatro años. Ahora que fue recopilada en un mismo volumen, yo estoy convencido de que el propio Borges estará encontrando dicho tomo en alguno de sus anaqueles infinitos, riendo de su yo-Inspector e inquietándose ante el maléfico plan de un villanesco Oliverio Girondo. Pero ¿de dónde sacó Lucas Nine una historieta así? Alguna vez declaró que le costaba dibujar historietas porque para crear un clima o meter al lector adentro es muy difícil escaparle a las estructuras, a la repetición y al sistema. Que cuando comenzó “Té de Nuez” no tenía idea de adónde quería ir hasta que la cosa fue cobrando sentido. De ahí a “Operación Espantapájaros” sin escala, casi. No parece la obra de alguien peleado con el método y el sistema. ¿Será que con Borges aprendió a hacer historietas finalmente?
La diferencia está en que el motor de “Té de Nuez” era gráfico y en “Borges” es literario. “Té de Nuez” cobró forma  a partir de dibujos sueltos, de garabatos: primero vino el bebé y luego (siguiendo el contraste entre chico y grande) salió el ama de leche. Ahí había una historia, potencialmente. Luego jugué con el cambio de roles: el bebé sería el adulto y la otra su muñeca; eso terminó dándole una perspectiva dramática al mundo de la infancia. Pero en ese caso el motor eran las imágenes, el texto siempre fue un complemento. En “Borges” es al revés: el disparador es la palabra; los dibujos van atrás. No podía ser de otra manera, tratándose de Borges. Pero, por supuesto, la relación entre la imagen y la palabra no es pacífica. Un poco como ocurre con los payasos de circo, donde siempre hay uno que da órdenes y otro que desobedece. En “Borges”, pongamos, la palabra vendría a ser Moe y el dibujo, Curly (Larry está también presente, en el blanco entre cuadrito y cuadrito). De alguna manera, Borges es la antihistorieta: con esos textos tan pesados al pie de los cuadritos, va en contra de todos los manuales. Pero ahí me parece que está la gracia del asunto, porque mi Borges arrastra la literatura detrás suyo, él quisiera fluir dentro de un buen relato visual pero se tropieza con las palabras, no puede dejar de adjetivar el mundo que lo rodea. Al principio, el chiste era el equívoco con el “Inspector de Aves”: lo vestimos como un inspector y lo ponemos en el gallinero. Pero no tenía mucha idea de qué hacer con eso, hasta que se me ocurrió la primera línea: “El gallinero que se levantaba en Juan B. Justo 621 era una lujosa construcción de madera y alambre”. Era un pastiche de Raymond Chandler, el autor de policial negro, que casi siempre empezaba sus novelas describiendo la fachada del lugar que visitaba su detective. Puede parecer una boludez (de hecho lo es), pero me sirvió como llave para entrar a la historieta. De ahí salió la idea de que Borges imaginara ser una especie de Marlowe, que apareciera medio pintón y no como un personaje ridículo, que la historia se tomara en serio a sí misma, que los dibujos fueran dramáticos. Después el tono chandleriano se suavizó mucho, la manera de hablar del personaje se acercó más a la idea que tenemos de Borges. Aunque nunca traté de hacer deliberadamente que sonara como el escritor, y de hecho, metí términos que él nunca hubiera usado. Me apropié de personaje y lo dejé hacer. Al final el Borges real me terminó pareciendo una especie de imitador bastante soso. Lo que si diferencia a “Borges” de “Té de Nuez” es que en gran parte la historia fue escrita de antemano, ya pensando en un libro. La otra era episódica, más propia de una revista.”

Los textos están trabajadísimos. Uno no espera otra cosa si el protagonista no es otro que Jorge Luis Borges. Pero trabajados no sólo desde lo poético o literario, en la búsqueda de cada palabra. Se nota que el sentido del humor también está afilado. Hay un humor pavote alternado con el humor intelectual y que aporta muchísimo oxígeno a la narración. ¿Cómo lograste esa síntesis?
Hay un ritmo que te va llevando, y después hay un desarmar de las frases y limar, condensar, etc. Hay un escritor que no está mencionado en este libro donde deambulan tantos otros, Leopoldo Marechal, que tiene mucho que ver con ese tono paródico (que uno imagina fino y jodón), con el tomar los hechos banales de la realidad y aportarles una dimensión mítica o telúrica; aparte de haber sido el primero en usar a Borges como personaje cómico. También es un buen ejemplo de esta alternancia entre lo pavote y lo serio que observabas. Pero en Marechal a veces se nota un poco el riesgo que existe en convertir este juego en fórmula, en ablandar conscientemente el texto metiendo cada x cantidad de líneas la palabra “culo”, etc. Por eso no traté de forzarlo ni de pretender ser demasiado gracioso desde el texto mismo. Después de todo se podían meter unas cuantas “reflexiones” sin problemas, si en el cuadrito estaba Borges mirándote fijo. Esa es la ventaja de la imagen, y no se aplica sólo a las historietas. Por ejemplo, Sábato puede ser un plomazo como escritor, pero si su imagen acompaña a las palabras (como ocurre en una entrevista), la diversión está garantizada.

No sólo fue buena idea la de un Borges héroe, también fue un gran hallazgo lo de Girondo. ¡Un excelente villano resultó ser! Más allá de que todo haya surgido de jugar con aquél cargo municipal que (efectivamente) detentó Borges alguna vez, ¿cuál ha sido tu relación con su obra, así como con la de Oliverio? Teniendo en cuenta tu mención a ese Marechal tácito, ¿aprovechaste para dialogar con ellos o simplemente usaste sus muñequitos para jugar?

Al meter a Oliverio, a Norah (Lange), u otros personajes similares, corría el riesgo de producir caricaturas de todos ellos y terminar en una parodia del ambiente de los escritores de la época, en el estilo de la revista “Humor” (ese es justamente el caso en la historieta breve en la que Borges se encuentra con Bioy, pero esa veta podía explotarse en dos páginas). En el grueso del libro opté por hacer aparecer a todos ellos desde la óptica del protagonista; y así mi Oliverio cumple las funciones de antagonista de folletín y no pretende ser una caricatura del Girondo real. En realidad, las pocas referencias que uso para construirlo tampoco parten del escritor mismo sino de la percepción más bien torcida que Borges tenía de él… habría que decir que incluso se trata aquí de una caricatura de esa percepción. En función de eso, adjudiqué a todos funciones típicas de este tipo de relatos melodramáticos y folletinescos. Y se portaron muy bien, porque las máscaras son siempre necesarias para los exhibicionistas: yo creo que Oliverio no estaría en desacuerdo con la noción de que la poesía en papel es sólo una receta escrita para su ejecución en la vida cotidiana. Pero ese descubrimiento le corresponde al personaje, yo sólo lo seguí a una distancia prudente.

Los primeros episodios tenían algo de color, hasta que en determinado momento el negro y el blanco se vuelven protagonistas exclusivos. ¿En qué momento decidiste mantenerlo así definitivamente? ¿Usás los colores desde lo narrativo o sólo desde lo estético?
Puede ser que el color tuviera que ver con cierto temor a que la página quedara muy vacía. Pero la revista no lo reproducía bien y, por otro lado, esta era una historieta policial en la que el segundo tono se veía como un intruso, así que lo reemplacé por grises. El libro es blanco y negro de cabo a rabo y viendo el resultado impreso, me parece que fue lo correcto: hubiese quedado demasiado pesado de otra forma.

Hay momentos de gran vuelo y experimentación gráfica (como la escena del salón de los espejos, pero se percibe en toda la obra) en los que no es difícil evocar al Alberto Breccia más plástico. ¿Es una referencia buscada?
Cuando uno inicia una historieta, pone en marcha un mecanismo con ciertas leyes que a veces se van descubriendo sobre la marcha. En este caso, el contraste entre el dibujo dramático y el contexto humorístico funcionaba también como coartada para entrar en un mundo visual al que mis guiones (que juegan siempre con lo cómico o lo grotesco) no apuntan directamente. En resumen, para saquear sin disimulo historietas como Sherlock Time o Mort Cinder, estudiarlas y aprender un poco. Como los bárbaros invadiendo Roma; cuando los tipos, entre alaridos, reinterpretaban a su manera las esculturas clásicas (todavía quedan huellas de estas reinterpretaciones entre las ruinas). Así que Alberto Breccia es una influencia de primer orden. No sólo en un sentido laxo y general: digamos que se nota el afán por emularlo, cuando no el afano. Pero es parte de la gracia de esta historieta; para que el contraste entre contexto y dibujo funcione, a veces hay que forzar la caracterización. La idea es que esta historieta se tome en serio a sí misma. Usted no se “ríe con”; se “ríe de” y todo eso…
Por supuesto, me parecía un gran descubrimiento el chiste de dibujar una historieta cómica  a lo Breccia, hasta que un día, mirando un blog llamado “Top Comics”, me encontré con esta página del dibujante Carlos Braxator (también conocido como Mannke).


Acá, Braxator hace exactamente la misma gracia. Hay que consignar que esto ocurría en 1962, cuando Mort Cinder seguía saliendo, de manera que este señor se me adelantó unos 55 años. ¿Está el pasado tan muerto como creemos? Otro dibujante al que estudié mucho es Alex Toth.

Tu estilo pone el acento más en el movimiento que en el detalle de las figuras. Lo que tienen de impreciso o desdibujado (valga el juego de palabras) los rostros y objetos convive con lo armónico de la composición de las páginas. Me gustaría saber cómo es el laburo que hay detrás de eso en cuanto a proceso pero también a materiales. ¿Cómo encarás un boceto? ¿Cuánto hay de lápiz y tinta y cuánto es retoque digital? ¿Te quedan originales o son siempre ensambles tus páginas? 
En las historietas me acostumbré a trabajar sobre la base de la edición digital. Algunas pocas páginas están dibujadas como un todo, pero incluso en esos casos hay tanta modificación digital que no se las puede llamar “originales”. Todo está hecho en papel, sólo me sirvo de la computadora para editar, como en el cine. De esa manera uno puede meterse más en ese registro gestual que notabas, sin el riesgo de arruinar una página. Pero este método tiene varios problemas: no hay originales, uno puede dibujar tal o cual figura unas ochenta veces sin tener una total noción de cómo va a quedar la cosa hasta que se la pone en página, se pierde cierto rigor que es necesario para lo narrativo, etc. En el caso puntual de Borges, logré cierta homogeneidad aplicando algunos plenos (formas que tienden a lo regular y geométrico) directamente en la computadora. Esto interconecta los dibujos, los organiza, y ayuda a definir tanto la narración como el estilo general. Es una especie de tejido conectivo que une los diferentes “órganos” de la historieta (imaginémosla como un ser viviente, que se arrastra pesadamente hacia el lector) y que, aunque no carga con el peso de ninguna información concreta, organiza el conjunto y lo mantiene unido. En otros dibujantes esto puede verse más claramente. Pienso, por ejemplo, en  esos espacios “collage” de Breccia, o en las estrellitas o espirales que pone Hergé: son cosas importantísimas, aunque están en segundo plano. A veces el dibujante cede o pierde un poco el control y el “tejido interconectivo” cobra vida propia… estoy hablando de las famosas “Gotitas de Olivera” o de las “Texturas Del Castillo”. Es un fenómeno muy interesante, que debería ser más estudiado.
Lucas, así como mencionás ciertos recursos o yeites en dibujantes como Olivera, Del Castillo o el propio Breccia, ¿qué elementos de ese tipo encontrás en dibujantes de tu generación? ¿Hay algún estilo o tendencia en el dibujo (para bien o no tanto) al que recomendás prestar atención o que llame la tuya en los últimos (ponele) veinte años? 
En general no creo mucho en la división por generaciones, pero sospecho que hay que ponerse un poco en guardia contra lo que se podrían llamar las “últimas tendencias” (sean las que fueren) porque tienen la particularidad de no ser perceptibles, o por lo menos no tan evidentes como las “últimas tendencias del año pasado”. Pueden ser jodidas porque están ahí sin que se noten tanto, como una especie de mandato de la época, y uno puede estar copiando algo sin saberlo. O peor, sin saber por qué lo está copiando, para qué sirve. Un ejemplo del que hablaba un tiempo atrás era el de cierto modelo de dibujo inexpresivo, que emanaba de la obra de tipos como Ware, Burns o Clowes. Podía tener cierto sentido en el contexto en el que ellos lo utilizaban, pero se impuso de una manera en la que terminaba limitando a los dibujantes, que a veces ni percibían que estaban encadenados a una fórmula. Un poco como pasó en las últimas décadas del cine argentino: en los ochenta todos puteaban a los gritos. Después se impuso el modelo del “hombre de la máscara de hierro” y el minimalismo, y ya casi que se extraña a Julio de Grazia.        

Abriendo el espectro un poco más allá de Fierro (pero incluyéndola, por supuesto), me gustaría conocer tu mirada sobre la historieta argentina actual. ¿Ves que se estén haciendo cosas interesantes? ¿Seguís algo o a alguien en particular? ¿Te parece que hay actualmente entre nuestros dibujantes y guionistas algún tejido conectivo?
Yo leo cosas de todo tipo, pero me cuesta abrir un libro diciendo “ahora vamos a leer un poco de historieta actual”. En todo caso, la leo como a la otra. Uno se podría preguntar cuál es el momento en el que se hace una historieta, si cuando se la dibuja o cuando se la lee. Suena a una de esas boludeces que se dicen para hacerse el interesante, pero el hecho es que la misma cosa se puede leer de maneras muy distintas. En algún momento se estilaba decir que el Tapiz de Bayeux (del siglo 14 o 15) era un pariente de la historieta, cosa que a los tapiceros de Bayeux seguramente los habría sorprendido mucho. En el caso de las historietas (y otras formas de relato) yo miro mucho material del pasado, no sólo porque me gusta como está hecho, sino porque está repleto de ideas. Es una mirada interesada, digamos. Pero ahí tenemos una cantidad de vetas abiertas que apenas fueron explotadas y que están esperando. Hace no mucho hablaba con un dibujante que venía de la escuela Columba y coincidíamos en que era una desgracia que cierto diálogo generacional (llamémoslo de esa manera) se hubiera interrumpido, que los pibes que dibujan historietas supieran cual es la última boludez de moda en internet y no quién era Casalla, todo este tipo de cosas. Se me ocurrió luego que, si bien todo esto era cierto, algo similar ya había ocurrido en el pasado: estos dibujantes venían de una historia que empezaba con Canniff y Robbins, y esa era la manera oficial de dibujar historietas por entonces. Había existido otra tradición previa, la de Rechain, Lanteri, Soldati, Macaya, Rojas, Redondo y tantos otros, que había quedado sepultada. No por casualidad fue Alberto Breccia uno de los pocos que supo seguir en contacto con el laburo de estos dibujantes, que los estudió en serio (especialmente a Macaya). El futuro está en saber mirar el pasado. Saqueador de tumbas, si quieren. Pero me parece que uno dialoga de verdad con los muertos; a los vivos se les dicen cosas como “pasame la sal”.      

Una vez terminada la saga de Borges (que se prolongó bastante), lo que siguió fue “Casi Budapest”. Si bien tiene un aire familiar, da la sensación de que arrancaste otra cosa para no repetir o aburrirte. ¿Quedó algo en el tintero con Borges? ¿No te encariñaste con el Inspector de aves?
Borges se prolongó bastante porque aparecía cada dos o incluso tres números de la revista, pero no es tan extensa. El personaje de Borges y el detective de Budapest (¡otra vez un detective!) tienen varias cosas en común: cierta mentalidad digresiva, la morosidad verbal, la lentitud (de paso, el aspecto del Inspector Sigilozy sale de un conocido mío que generosamente me prestó su apariencia). Pero esto va a ser algo muy distinto, donde, por ejemplo, el protagonista ya no funciona como eje de la historia, aunque sea el narrador. Lo que salió en Fierro hasta ahora es sólo una presentación general y muchos elementos apenas esbozados van a cobrar sentido más adelante. Porque, claro, la historieta tuvo una especie de final de compás de espera en la última Fierro, pero recién empieza.                                                                                                                                                                         
En el último número de Fierro, Timoteo y Borges (no sin cierta incertidumbre compartida entre personajes y lectores) fueron los encargados de oficiar una especie de réquiem, pero no sólo para Fierro. Se refieren a las revistas de historietas como género. Y si bien lo hacen un poco también con sorna, tocan una fibra sensible. ¿Querés ampliar un poco el planteo que hacen junto a Sigilozy? ¿Cuál es tu balance del ciclo que trazó Fierro en estos años? Más allá de que luego puedan ser cobijadas en libros (y esta nota es la celebración de que se publique el de Borges Inspector de aves), ¿podrían existir ciertas historietas sin revistas? ¿Este Borges sólo fue posible porque ahí estaba Fierro?
Bueno, yo creo que las historietas pueden cambiar de vehículo y de hecho lo están haciendo, pero la tristeza de mis personajes radica en que lo que está muriendo es un formato: la revista de historietas. Porque incluso la aparición de una Fierro trimestral haría que la revista se asemeje más a un libro o catálogo que a una revista como las conocimos. Las revistas trabajan no sólo con el espacio físico que ocupan en el kiosco sino también con el tiempo, esta periodicidad es parte de su encanto; es una cuarta dimensión que los libros no van a tener jamás, la administración de sus tiempos corre a cargo de los lectores. Y el formato permitía cosas que eran imposibles en otros espacios: la interacción con la realidad concreta es distinta, mucho más inmediata que la de un libro (y también más perecedera), sus lectores forman un colectivo más perceptible (es dado dirigirse a ellos como colectivo, mientras que los lectores de libros son apenas individuos). Pero, por encima de todo, la revista permitía operar una forma de alquimia literaria: la mutación. Imaginemos el famoso caso del niño leyendo El Eternauta original, en Hora Cero. Al principio cree hallarse frente a una de marcianos, y luego, número a número, va descubriendo emocionado que el cambio de perspectiva y de género en lo que él había creído estar leyendo es constante. Al final se aviva de que los marcianos no estaban delante suyo, sino atrás. Ese tipo de cosas sólo las puede dar una revista. 
En el caso de Fierro, valoro y valoré la variedad de cosas que han publicado. Nunca encontré a alguien al que la revista le gustase por completo, y me parece que eso fue lo que hizo que se publicase tanto tiempo. Se puede decir que eso le garantizó una variedad de público mayor que la que hubiese tenido de ceñirse al gusto de un lector imaginario (que, por otro lado, nunca existirá), pero yo tengo la sospecha más oscura de que a veces se la compraba también para (o incluso con el único objeto de) putear contra todo aquello que nos indignaba de ella. Cuantas veces no habré yo pasado las páginas, inventando insultos más coloridos y extravagantes que los del Capitán Haddock, y ni el Bebé Timoteo ni el sagaz Borges eran exceptuados de mis dardos venenosos. Pero eso es algo que tienen las historietas (al menos aquí) y que las vuelve muy interesantes como objeto de análisis o de crítica: dado que no están subidas a ningún pedestal ni hay que tener conocimientos especiales para juzgarlas, despiertan pasiones virulentas que nunca he visto aplicadas a disciplinas tales como la pintura de caballete o incluso el cine (exceptuando, claro está, las adaptaciones de historietas).

Pero si bien no existe un lector ideal (coincido plenamente ahí), cada revista tiene un perfil, un contenido “lógico” difícil de intercambiar con el de revistas colegas. Es un planteo medio paradójico, siendo que Timoteo, Borges y Sigilozy están señalando eso mismo, la ausencia de revistas de historieta. Pero digo, esa lógica estaba cuando convivían la vieja Fierro, Columba y Skorpio, ponele. Recién ponderabas la diversidad de historietas que albergó Fierro en estos años (ahí también coincido). Tomando el concepto que usaste antes, ¿pensás que hubo algún rasgo en común que organizara el conjunto? Y vuelvo a preguntar: ¿se podría haber desarrollado una historieta como Borges en otra publicación que no fuera Fierro? Más allá del tema del tiempo y la periodicidad que planteabas (voy más a esa “identidad”).
No creo que una historieta como Borges hubiese podido salir en otro lado (en parte porque no existía ese “otro lado”), pero es difícil definir en qué consistió la identidad de esta Fierro con tan poca perspectiva. Es más fácil descubrir esas identidades a la distancia, y no creo que se ciñan sólo a un formato. Por ejemplo: en la historieta clásica de, pongamos, Columba, era fundamental la noción de género. En algún momento de los setenta, el autor se transformó en personaje, y empezó a discutirla. El modelo original era un poco el de Osvaldo Soriano, que tan en boga estaba en ese entonces, y que en “Triste, Solitario y Final” bebía codo a codo con Philip Marlowe (fíjense que no estamos hablando de un guionista de historietas, precisamente). Es el progresista latinoamericano que discute sus diferencias con géneros a los que ama pero a los que no deja de ver como parte de una maquinaria de propaganda imperialista, etc.  Sobre ese motor, esa excusa argumental para poder incluirse en el mapa tomando distancia crítica pero sin sacar del todo los pies del plato, tenemos una variedad muy grande autores y de enfoques: Trillo, Sampayo, Sasturain, Altuna (con su Beto Benedetti). Pongamos como wings de este súper seleccionado a Barreiro en una punta (“No necesito ser progre para discutir, me alcanza con una ametralladora”) y a Carlos Nine en la otra (mucho más surrealista, establece distancia cítrica antes que crítica porque los caga a naranjazos, pero Saubón no deja de ser el primo argentino y conflictuado de Donald).
En esta última Fierro ese paradigma cambió un poco. Aunque se perfilan otros nuevos, el género clásico ya no existe, y el autor tampoco. El progre ya no discute nada, agarra lo que viene. ¡Caramba! Esperemos el juicio de la historia y vayamos hablando con los abogados.

Vos que has sido parte, ¿qué sabés sobre el futuro de Fierro?
No demasiado. Volviendo a las metáforas circenses, en este momento estamos como en esos números  en los cuales un acróbata va a saltar desde lo más alto del palo mayor de la carpa para caer en un recipiente del tamaño de un vaso de agua. El tipo sube por una escalerita y sale del alcance de los reflectores. No lo vemos más. Sabemos que sigue subiendo sólo porque se escucha el redoble de tambores. ¿Saltará? ¿No saltará? ¿Y si el redoble de tambores sigue para siempre? Qué suspenso.

Unas líneas más arriba decías que Casi Budapest recién está comenzando, con lo cual ya se adivina su presencia en una Fierro trimestral. Así que repregunto: ¿qué sabés del futuro de Fierro, además de que incluirá “Casi Budapest”? (Porque insisto, ¿dónde más continuaría si no es allí?)
No tengo mucha idea. Sé que la historieta se terminará de alguna manera porque ha sido comenzada y ahora tengo una deuda con el Sr. Sigilozy, pero vaya a saberse donde saldrá.  Puede ocurrir que:
a-salga la Fierro trimestral sin Sigilozy.
b- salga la Fierro trimestral con Sigilozy.
c- no salga la Fierro trimestral (con o sin Sigilozy).
d- salga sólo Sigilozy.
e- no salga nada.
 ¡El tiempo dirá!

¿Van a hacer alguna presentación formal de “Borges, Inspector de aves”?Este 5 de mayo a las 19 horas se presentará en la librería Eterna Cadencia, que queda en Honduras 5574 (no demasiado lejos de la calle Borges, verán). Se anticipa la presencia de invitados sorpresa, luminarias de la historieta, y la aparición espectral de cierta figura sedienta de venganza.



miércoles, 22 de marzo de 2017

Aquí, allá y en todas partes.

1. Hace tan sólo unos meses, me pareció oportuno dedicarle este espacio a la revista Fierro, cuya segunda encarnación cumplía por aquellos días diez años ininterrumpidos en los kioscos. El informe, que abarcó tres entregas, no fue algo exhaustivo ni proponía ningún análisis crítico demasiado profundo. Era apenas un repaso por algunas de sus “estaciones”, a modo de celebración. ¿De qué exactamente? De la mera permanencia a pesar del evidente estancamiento. Y antes de tipear una frase más, dejo en claro lo siguiente. Por una cuestión sencillamente generacional, no he tenido prácticamente contacto con la primera época de Fierro. Siendo yo clase 1985 de nacimiento, nadie de mi entorno familiar la leía o tuvo circunstancialmente algún ejemplar para que yo pispeara (y tampoco me compré ninguna usada en Parque Rivadavia, ponele). Por eso me abstuve en dicho informe, al igual que ahora, de hacer cualquier comparación entre aquélla Fierro y la que tuvo continuidad entre fin de 2006 y el corriente mes de Marzo. Es con esta última etapa que me identifico fuertemente, porque dicho período tiene su correlato a nivel personal, igual de frondoso en momentos álgidos y de los otros. No son poca cosa diez años, cabe de todo en ese tiempo. La celebración, entonces, también implicaba otras cuestiones generacionales. ¿Cómo cuáles? Como ya conté en este blog otras veces, yo como lector de historieta me empecé a formar a fines de los noventa, cuando la primera Fierro había dejado de salir hacía rato. Tampoco es ninguna pavada, entonces, contar con una revista de historietas cada mes en el kiosco. Los pibes de la generación siguiente a la mía, tuvieron en estos diez años ese privilegio. Más allá de que la nueva Fierro no fuera perfecta. Durante este período, varios de los autores con los que yo me había deleitado en aquél fin de siglo, y que daban sus primeros pasos en ese entonces, demostraron estar en plena madurez creativa. Por eso fue un garrón saber que finalmente el ciclo se cerraba abruptamente este mes. Más allá de cierto amesetamiento. Porque si bien de sus páginas surgieron obras a las cuales yo no dudo en considerar clásicas, a partir de determinado momento la constante fueron ciertos plomazos interminables, o historietas hechas con poca gana o compromiso.
"Es to-to-todo amigos..." Apocalíptica tapa de Parés.
Siempre me tuvieron sin cuidado los trolls que se instalaron en el correo de lectores del sitio web de la revista, pero paralelamente me resultaba elocuente la ausencia en dicha sección de apoyos manifiestos o críticas de las que solemos llamar constructivas. Es claro que una sección de correo (más aún siendo virtual, no impresa en el cuerpo de la revista) no refleja necesariamente las opiniones de lectores reales. Pero tanto en dicho espacio como en charlas informales entre gente “del palo”, la crítica más repetida y la más transversal era la sospecha de cierto amiguismo hacia un selecto número de autores, los cuales tuvieron siempre su lugar asegurado sin que mediara ningún filtro de calidad ni se tuviera en cuenta las críticas de lectores. Yo reconozco que también tuve esa sensación mil veces, de no entender sino de esa manera la inclusión de cierto material ocupando páginas de la revista. Lo cual no implica poner todo en una misma bolsa e impugnar a todo aquél que estuvo presente desde el año uno. Autores como Salvador Sanz o Fernando Calvi mantuvieron alta la vara durante todo el recorrido, por poner sólo dos ejemplos. Entregaron centenares de páginas de buena historieta, superándose cada vez. En el caso de Calvi la evidencia se aprecia en el cambio de registro gráfico que le imponía a cada nueva obra, por ejemplo. Conscientes del lugar privilegiado que ocuparon, lo aprovecharon al mango tomándose en serio a los lectores tanto como a su propia obra. Por eso resulta lógico que ambos autores hayan prácticamente apagado las luces antes de cerrar el boliche.
Es claro que yo tengo mis preferencias, como todo el mundo.  Un aspecto clave de la revista, el cual siempre defendí, fue su carácter ecléctico: en sus páginas había historieta para todos los gustos. Obviamente fueron montones las veces que maldije al abrir un ejemplar nuevo y comprobar que el porcentaje de material acorde a mi sensibilidad, apenas llegaba al cincuenta por ciento, y a veces menos. Leí por ahí algún comentario en el cual alguien señalaba que no estamos hablando de un organismo público, en el cual deben primar criterios de selección democráticos. Totalmente cierto. Pero no casualmente se me coló la palabra selección dos oraciones atrás. Al igual que ocurre con el combinado nacional de futbol, todos queremos ser el DT. Todos creemos tener la posta y saber quién tiene que estar en el equipo, quién está capacitado para jugar y quién no está a la altura. Y si bien una cosa es la Selección Nacional de futbol y otra una simple revista de historieta, cabe mencionar que Fierro se autodefine como LA Historieta Argentina, desde el subtítulo en la portada. Y ha sido durante estos diez años y piquito, la UNICA revista de historietas de alcance (relativamente) nacional presente en los kioscos. De ahí su importancia para tantos lectores, entre los que me incluyo. ¿Por qué no pensarla como exponente de la historieta argentina actual hacia fuera? Si volvemos a la analogía futbolera, la otra cara de la moneda sería la legión de compatriotas guionistas y dibujantes que “juegan” en el mercado yanki o europeo. Todos ellos nos representan maravillosamente en dichas latitudes, donde el mercado de la historieta tiene otro volumen, mucho más amplio o masivo, si se quiere. Pero también es importante poder publicar en tu país, en tu idioma y con tus códigos, para la gente que te rodea. Y sobre lo que yo venía a pensar hoy acá, era sobre eso. No tanto acerca de los pormenores del cierre de Fierro (que tampoco es tal, sino un cambio de periodicidad y formato). Que si fue porque le sacaron la pauta oficial, que si vendía bien o mal. Tampoco sobre el tole-tole (para onomatopeyar el asunto) que generó el reportaje a Lautaro Ortíz en Comiqueando, en el cual ponía en entredicho la contribución de las editoriales independientes al crecimiento de la historieta argentina. Aunque todos esos ingredientes también formen parte del guiso. Hablo de la importancia de tener revistas de historieta, sea en formato antología o el que fuere. Empiezo a tirar las preguntas: ¿Por qué en diez años, no salió ninguna revista a competir con Fierro o a complementarla? ¿Una revista de historietas necesita sí o sí depender de una empresa multimedios para sostenerse? Si se te ocurren posibles respuestas o inclusive otras tantas preguntas, bienvenidas todas.

2. Hace dos años, aproximadamente, me recontra enganché a leer manga. Mejor dicho, un manga en especial. Hasta entonces no había encontrado ninguno que me llame la atención, o al menos la suficiente para ganarle a otras historietas a la hora de elegir qué leer. Se trata de Bakuman, escrito por Tsugumi Ohba y dibujado por Takeshi Obata, publicado en nuestro país por Editorial Ivrea. Te cuento brevemente de qué va: dos adolescentes que aún cursan la secundaria, deciden dedicarse a la historieta. Uno como guionista y el otro como dibujante (como no podía ser de otra manera). Además de vocación, los motivan otras cosas que no vienen al caso. La cuestión es que consiguen hacer contacto con la editorial Shueisha, que realmente existe en Japón, así como la revista Weekly Shonen Jump, donde finalmente comenzarán a serializar sus mangas. Y ya desde borregos, le van a poner el alma para lograr cada una de las metas que se van poniendo a lo largo de los veinte tomos que dura la historieta, en la cual los veremos crecer en edad pero sobre todo en chapa alcanzada.
Takagi y Mashiro sueñan ser leyenda del manga.
Desde ya que la súper recomiendo porque está escrita y dibujada maravillosamente, con un ritmo que no decae jamás aunque con el discurrir de cada libro algunos aspectos de la trama pasan a segundo plano para dar paso a otros. ¿Por qué traje Bakuman a una nota que comenzaba hablando sobre Fierro? Porque más allá de los conflictos entre los personajes, el gran valor que tiene esta serie es el de mostrar un poco desde adentro la industria del cómic japonés: citando permanentemente autores y obras emblemáticas; dando cifras  y promedios de tiradas y duración de series; mostrando cómo es el método de trabajo de los artistas, así como sus ritmos (a destajo siempre, pendientes de un sistema de encuestas a los lectores que mide el rating mes a mes de cada serie); abriendo las puertas de una redacción para que conozcamos las jerarquías entre editores, contraponiendo sus criterios acerca de cómo tratar con los artistas o enriquecer cada serie; viendo a los artistas desafiarse y estimularse mutuamente en rivalidades que los retroalimentan, al igual que los editores aconsejándose uno al otro sin dejar de competir por el espacio en la revista para sus series a cargo. Leyendo Bakuman se aprende muchísimo sobre manga. Además tiene muchísimo humor (que se aprecia notablemente en virtud de la traducción, que es fabulosa) y, si dibujás o escribís historieta, te deja siempre con las pilas cargadas de ganas para laburar. Desde ya que debe haber muchos aspectos no tan brillantes de la industria del manga que Ohba pasará por alto, pero tampoco pinta un jardín de rosas. Uno bastante espinoso, en todo caso. Y acá viene la respuesta a la anterior pregunta. Cada vez que leo Bakuman, me quedo pensando qué copado debe ser para los ponjas tener tanta oferta de historieta. Tantas revistas para elegir, cada una orientada a un público diferente (igual que los yankis o los europeos, ya sé, no es nada original lo que estoy planteando, tampoco). Pienso en dos pibes como los protagonistas de Bakuman, pero laburando en DC o una antología francesa. Pienso en lo interesante que es la cocina de una revista de historietas. Acá lamentablemente hace rato no existen redacciones dedicadas enteramente a la historieta. 
En el párrafo anterior le huí (creo) al facilismo de echar culpas o tirar mierda irreflexivamente. Ahora le escapo también a las frases de manual tipo “porque acá es todo berreta”, “ellos están más evolucionados culturalmente” o “en esos países no la cagan con política”. No, ninguna de esas pavadas entran acá. Vine con esto hoy por el simple gusto de pensar e imaginar que me encantaría que Fierro siguiera saliendo cada mes. Con cambios, obvio. Pero que esté ahí. Que salgan otras Fierro, otras Skorpio, revistas nuevas con conceptos diferentes a los que conocimos hasta ahora. ¿Por qué no hay una revista  exclusivamente de historietas para chicos? ¿Qué experiencia falta hacer, que no se haya hecho aún? Pensar, imaginar, crear. ¿Cómo será la Historieta que queremos? Porque todos queremos poder seguir leyendo historietas acá. Se multiplican los web comics y los fanzines, las ferias donde conseguirlos. Las editoriales independientes no dejan de agrandar sus catálogos. Los guionistas siguen escribiendo y los dibujantes no sueltan el lápiz. Pero no son islas (o al menos se supone que no lo sean), son eslabones de una cadena. Y las revistas de historietas son un eslabón importantísimo. En la experiencia de Fierro, con sus grandes aciertos y sus puntos flojos, hay claves del futuro. Sólo hay que tener sentido crítico del bueno para interpretarlas y construir algo nuevo con eso. Con respecto a cómo será la Fierro trimestral, es todo hermetismo y secreto. Yo espero lo mejor siempre. Habrá que ser paciente y ver. Buenos días.

domingo, 26 de febrero de 2017

J.J. Rovella: "A mí lo que me gusta es contar".

¡Qué veranito, eh..! Si estás leyendo esto, es porque felizmente no te alcanzó ningún corte de luz. Durante esta semana que pasó, yo no tuve tanta suerte. Y eso, sumado a algún que otro problemita técnico (de esos que nunca faltan), me impidió publicar esta nota un poco antes. Hacía un tiempito que tenía pendiente un reportaje a Javier J. Rovella. Entonces aprovechamos ese hermoso encuentro que fue La Noche de los Dibujantes, en el centro cultural Konex, y nos sentamos a charlar un rato sobre varios temas. Sus personajes, el lugar de la historieta y el humor gráfico en los medios, los comienzos como lector y como fanzinero, sobre lo lejos que puede llegar una simple historieta y lo importante que puede resultar para mucha gente cuando la hace sentir incluída, aunque más no sea dentro de una viñeta.
Pero en lugar de aburrirlos con más preámbulo, los invito a leer. No quiero que se me derritan frente al monitor. Mejor los dejo con J. J. Rovella, o mejor dicho Don Prolífco...


1. De revistas, fanzines, diarios y redes sociales.

AR: ¿Te acordás de cuáles eran las primeras historietas que leíste cuando eras pibe?
Dante Elefante, publicado en la Spirou y en Billiken.

J.J.R: Mirá, lo primero que leía, porque en realidad en mi casa que era de clase media humilde (mi viejo era tornero, así que tampoco era mucho de inclinarse por el arte o por la historieta o por la lectura) lo que sí llegaba era lo clásico, lo que se conseguía en cualquier kiosco de diarios: desde Patoruzú, que lo leía un montón por ejemplo. Y además mi abuelo me compraba la revista Anteojito, que salía los jueves… ¡y flasheaba con Anteojito! Porque ahí conocí autores que me siguieron gustando hasta el día de hoy, como es el ejemplo de Quique Alcatena que publicaba ahí en esa época distintas historietas de aventura, fantasía y demás. A partir de ahí lo empecé a seguir (tengo las hojas recortadas y todo), hasta las cosas que hizo en la revista Skorpio y demás. Y así como te digo Alcatena, también te digo Oswal, estaba Goyo Mazzeo… O sea cosas más bien realistas pero también humorísticas, como Clemente Montag. Y bueno, seguía ese tipo de historietas y después también algún número de la Billiken, que también era fácil de conseguir, y a través de la cual descubrí la historieta franco-belga.“Dany y Pompón”, “Los Pitufos”, “Ásterix”… y ahí flasheé de nuevo con ese género de historieta, que me encantaba. Después, ya un poquito más grande (no mucho más, tipo a los diez años) empecé a conseguir por canje de revistas la “Spirou Ardilla”, que era la versión española de la revista franco-belga “Spirou”. Y ahí empecé a tratar de buscar o rastrear las cosas que me gustaban. Desde los Pitufos, que soy híper fanático, y toda esa historieta para chicos de aventura, tipo Tinín y demás. Y al mismo tiempo historietas nacionales, cosas de la Skorpio, abriéndome bastante. Pero mucho franco-belga, mucho nacional, que incluso son las cosas que sigo leyendo al día de hoy.

AR: En ese abanico de autores y títulos que tirás, se explica tu propia diversidad de estilos como autor…

J.J.R: Sí, puede ser. Porque me gusta mucho la historieta realista. Después vinieron un montón más que no nombré. Solano López, Breccia… soy híper fanático de Ernesto García Seijas. Me gusta mucho, en realidad (además de lo que llegaba a casa) la tira diaria. Yo soy fanático enamorado de la tira: desde Sendra, Rep, Viuti, hasta cosas como Altuna, García Seijas. El formato tira es algo que me parte la cabeza y me encanta. Era un sueño que tenía, el de poder hacer una tira. Y por suerte lo pude cumplir en el diario Muy, que ya cerró pero por suerte estuve cinco años haciendo una tira diaria. Me parece que es el formato en el que más cómodo me siento o que más me divierte hacer a mí. Me gusta hacer muchas cosas, pero puntualmente ése es en el que estoy más cómodo. Porque puedo jugar con algo de la actualidad en ese segundo, ese momento en el que sale. Volviendo a la diversidad de estilos, es porque me gusta leer diferentes cosas. Entonces hay momentos en los que tengo ganas de hacer algo más de aventura, algo más largo, y momentos con ganas de algo más corto y al pie. Y así, voy rotando. Después, hay muchas cosas mías que se leyeron o publicaron más que otras, pero no porque haya estado haciendo sólo eso. Ahora, por ejemplo, estoy haciendo una novela gráfica desde hace un par de años que es larga, de unas noventa páginas más o menos. Es un policial negro, que es algo que el que me leyó siempre en Dante Elefante o cosas para chicos no se imagina, otro perfil totalmente distinto. Por ahí  el año que  viene o el otro saldrá. Y ahí se notará más esa diferencia de estilo, o esa inquietud que tengo de contar otra cosa.


"Cándido", western atípico con alma de tira.
AR: De todas formas, cuando uno lee una historieta realista y cruda como “Cándido”, se nota en cada capítulo o episodio cierta estructura de tira diaria, con su remate incluido. ¿Eso es algo hecho de forma consciente?

J.J.R: Exactamente. Cándido es una historieta que publiqué en un fanzine que se llamaba Catzole que hacíamos con unos amigos en los noventa, todos dibujantes profesionales ahora (Julio Azamor que dibuja mucho story comercial, Salvador Sanz que publica en Fierro), y estábamos aprendiendo, haciendo una revista donde publicar nuestros laburos. Cándido nació ahí, y eran tres historias, cada una funcionando individualmente (con su principio, nudo y final), pero a su vez juntas te cuentan una historia larga (que es algo que se nota ahora que se publicó recopilado en libro). Y que es la historia del personaje, quién es y qué le pasó para llegar ahí. Pero individualmente funcionan como historias separadas. Y está pensado a propósito porque se publicaba en nuestro fanzine, que no tenía periodicidad. Capaz sacábamos una cada cuatro meses o cada seis o una por año. Entonces había gente que no leía todos los episodios porque la distribución era difícil. No es que se conseguía en todos los kioscos de diarios. Más que nada en las comiquerías, y tenías que ir ni bien salía porque capaz que ahí dejábamos cuatro o cinco ejemplares. Entonces era difícil para muchos tener todos los números y leer todos los episodios. Aparte no había en aquél momento tantos eventos. Más bien hacia el final, cosas como Fantabaires que eran momentos ideales para encontrarse con el lector para que se lo lleve. Entonces buscaba eso, que cada episodio funcionara individualmente y al mismo tiempo contar algo más largo, la historia del personaje.

AR: Estamos charlando acá en plena Noche de los Dibujantes, donde los hay de todo tipo, de todos los estilos, no sólo de historieta. Siendo que estéticamente vos también te movés  en un rango amplio, ¿por qué historieta en particular? ¿Cuál fue el clic por el que te decidiste a encarar el dibujo por este lado?

J.J.R: Es que yo no me considero dibujante, en realidad. Tengo miles de falencias en cuanto al dibujo. Lo que sí me considero es historietista o humorista gráfico, como que mi estilo sirve para contar algo, no como una ilustración en sí. Al menos es lo que me pasa a mí. A mí lo que me gusta es contar, ahí es donde más cómodo me siento. A veces tengo ganas de contar algo muy pesado o muy largo, entonces me explayo en una historieta larga, y otras veces algo más simple, entonces sale en forma de tira, de historieta humorista o viñeta de humor gráfico. Pero lo que más me gusta es contar algo, en realidad. De hecho hace un par de años también estoy haciendo guiones para otros colegas o amigos dibujantes. El año pasado salió un libro infantil llamado “D.E.S. Pareja”, de la editorial Comiks Debris, en la que yo solamente hice el guión y un amigo (Javier Suppa) hizo el dibujo. Pero tengo también otros guiones  con otros dibujantes, que están dando vueltas por ahí, haciéndose. Así que lo que me interesa mucho es contar historias, armar personajes, es lo que más me divierte.

AR: En “D.E.S. Pareja” también alternás los episodios autoconclusivos con un argumento general más amplio.

J.J.R: Exactamente, son historias de dos páginas, cada historia contando una situación del personaje con diferentes parejas con las que le toca trabajar, y hacia el final del libro comienza una historia de veinte páginas que cierra todo, es como un broche de toda la historieta. Pero se pueden leer tranquilamente los episodios por separado como historietas sueltas.

AR: ¿Y pensás retomar esos personajes en otro libro?

J.J.R: En principio cierra ahí. Con Javier Suppa ahora estamos haciendo otra historieta que se llama “Bucaneros”, de piratas, más fantasiosa. Y estamos muy abocados a eso, pero si mañana “Bucaneros” termina y sale alguna buena idea con “D.E.S. Pareja”, lo podemos retomar. Por ahora no creo.

AR: Recién mencionabas que cumpliste tu sueño de publicar una tira diaria, pero que el diario en el que salía cerró. A eso se le puede agregar los cambios en los hábitos de lectura y consumo cultural que se están dando con las nuevas tecnologías. Para cierto tipo de historieta, fuertemente ligada a los medios gráficos desde sus comienzos, se van reduciendo los espacios. ¿Vos cómo ves esto?

J.J.R: Sí, está complicado. El lugar de la historieta y el humor gráfico, son los diarios. Después, a nivel revista de historietas, no hay en el país. Está la Fierro, pero tengo entendido que ahora deja de salir y supuestamente cambia de formato, o no sé bien qué porque no estoy en la revista. Entonces sí, faltan en el país. Afuera todavía quedan. En Francia, Estados Unidos, Japón, hay un mercado para mostrar. Pero acá es el problema. Lo que yo estuve haciendo mucho también es publicar en las redes sociales. Al menos para que se conozca lo que está haciendo uno para afuera, o lo que está haciendo de forma personal acá. Yo estuve casi todo el año pasado publicando todos los días de lunes a viernes un chiste de un personaje mío que se llama “La Brunella”, que se está publicando en la revista Barcelona. Y todo ese material que salió en el Facebook y está saliendo en Barcelona va a ser recopilado por Ediciones de la Flor para la próxima Feria del Libro, creo que en abril. Y es una vidriera también el Facebook mal que mal, para empezar a mostrar a las diferentes editoriales el trabajo que hace uno. Durante este verano estuve haciendo algo nuevo que se llama “Humor a diario”, a partir de diversos titulares de los periódicos. Y en marzo retomo un personaje que se llama “El Oficial Yuta”, entonces de lunes a viernes cada día una tira con ese personaje. Después veremos qué pasa, si funciona y puede salir en libro, si lo puedo meter en otro lado, pero la idea es seguir mostrando lo que uno hace o las cosas que uno hace para afuera y poder darlas a conocer acá de alguna forma.
"Humor a diario", último descubrimiento de Rovella.

AR: Resulta raro hablar de falta de espacios para publicar historieta cuando ahora mismo estamos viendo larguísimas filas de personas esperando un dibujo de sus dibujantes favoritos. La gente se copa, y no sólo lo demuestran eventos como este, las escuelas y cursos de historieta tienen cada vez mayor demanda. Vos mismo te dedicás a la labor docente. ¿Cómo es enseñarles y prepararlos sabiendo que luego será tan difícil publicar algo?

J.J.R: Y, es complicado. Yo soy Maestro Nacional de dibujo, estudié en la escuela Manuel Belgrano de Bellas Artes: pintura, dibujo, escultura, grabado. Yo hacía historieta desde siempre. Y en la escuela hacía historieta y me veían como un bicho raro. No, no, acá se viene a hacer pintura. Depende el profesor, obviamente. Pero había muchos muy cerrados en las artes “tradicionales”. Y para mí la historieta era mucho más, me servía para canalizar lo que yo quería hacer ahí. Y cuando me recibí dí clases en un par de colegios, pero lo que más me gustaba era dar historieta. Ahí fue cuando empecé a dar clases en diferentes escuelas y cursos específicos. Este año estoy dando en cuatro lugares. Y está buenísimo, a mí me encanta porque me carga las pilas ver a los pibes. Acá en el evento este me encontré con cuatro ex alumnos míos (grandotes ya) dando vueltas, mostrando carpetas, dibujando ellos. Y está buenísimo ver que esos pibes que tuve yo hace cinco años o más siguen entusiasmados. La única forma de pegarla, de vivir de lo que uno hace, mostrar su hobby, es ése: seguir adelante. No queda otra. Y la otra es mandar afuera material. Yo publiqué Dante Elefante (que hoy está en Billiken) en la revista Spirou de Francia, y sin haber viajado nunca a Francia. Gracias a las redes sociales, a internet, a los mails. A poder estar conectados mucho más fácil con cualquier parte del mundo. Eso es lo que yo (aparte de enseñarles otras cosas) trato de meterles en la cabeza a los chicos. Que el límite no existe, que si algo les gusta manden un mail y muestren. Que no tengan vergüenza de mostrar el trabajo afuera, que si no pasa nada bueno, el año que viene pasará, o el otro. Y hay que seguir mostrando y así. Es muy difícil no hacer algo que te gusta porque no habrá trabajo. Y a mí me carga mucho las pilas la docencia, también. Dar clase me llena mucho, y después venir acá y ver a los pibes que siguen dibujando y me muestran sus carpetas… nada, está buenísimo.

AR: Vos te profesionalizaste, hiciste tu camino. Tenés libros publicados, tu espacio en ciertos medios. Pero tus primeros palotes los hiciste autoeditándote, publicando tus fanzines. Hoy también hay una gran movida fanzinera. ¿Cómo la ves en contraste con aquella de la que fuiste parte en los noventa? Más allá de algo obvio, que son los cambios tecnológicos que mencionabas antes.

J.J.R: Bueno, sin duda las redes influyen mucho como medio de comunicación, pero también como soporte. Hay muchas cosas que están hechas directamente para blog, Facebook, fan page, todo eso para no tener que pagar imprenta. En la época que hacíamos fanzines nosotros, estábamos asociados en la A.H.I. (Asociación de Historietistas Independientes), éramos bocha de fanzineros los que estábamos haciendo cosas. Porque la unión hace la fuerza, y de esa forma podíamos ir todos juntos a Fantabaires, hacer diferentes exposiciones. Y todo porque éramos muchos. Ahora la verdad que no estoy muy metido en lo que está saliendo. Sí conozco muchos por alumnos y ex alumnos que hacen fanzines, pero está muy bueno por ejemplo que existan eventos como Dibujados, que es un evento que le da cabida a esto, a los pibes que hacen sus fanzines, que está mostrando su propio trabajo, no tanto a nivel editoriales. Que si bien hay un sector que vende libros, de cosas que se consiguen en librerías, el 80% te diría que son fanzines o revistas que no las vas a conseguir en ningún lado, o quizás sí pero va a ser más difícil. Ahí las tenés todas juntas. Entonces, no sé si un mercado, pero hay inquietud de hacer, de gente trabajando haciéndolo y lo que falta me parece que es un poco más de vidriera para poder mostrar lo que se está haciendo y lo que pasa. Este evento es el claro ejemplo de que la historieta está viva, de que la gente quiere ver a los historietistas dibujando, de comprarse un libro, del contacto ese. A mí como docente me llaman mucho de colegios para dar charlas de historieta en primarias y demás. Y cuando vas ahí te das cuenta que a los pibes les encanta la historieta, ¡les encanta! Y por ahí no conocen mucho pero porque les pasa lo mismo que me pasaba a mí de pibe, que uno no sabe de dónde conseguir. Y si tus viejos no conocen, como me pasaba a mí, porque no leían ni les gustaba leer historieta, lo único que me llegaba era lo que se conseguía o salía en el diario, entonces yo me aferraba a eso y a partir de ahí empecé yo mismo a buscar algo más. Pasa lo mismo: muchos docentes no conocen la historieta, entonces es muy difícil que les inculquen a los chicos para que conozcan otro tipo de historieta, además. No sólo la clásica, que es Mafalda (y que es genial y está buenísimo que la conozcan pero tendrían que poder conocer otras cosas más), o Gaturro que está en todos los colegios o el Eternauta. O sea, esas cosas llegan hasta mi tío, cualquiera llega a conseguir eso. Pero está bueno que un docente conozca más, que empiece a llegar a la escuela otro tipo de historieta (algo se estuvo haciendo estos años), simplemente para ver si al chico le gusta o no. Yo cuando voy a dar charlas flashean lo chicos cuando llevo originales o libros para mostrar, cosas que no vieron nunca en su vida y en media horita que estás ahí te tiran setecientas preguntas. Porque es eso, la inquietud, las ganas de saber más, de cómo se hace.


La mítica Catzole.
AR: ¿Y en la época en que ustedes hacían Catzole o se agrupaban en la A.H.I. cómo era buscar espacio? Ya no quedaban casi revistas, cerraban la editorial Columba, la Urraca…

J.J.R: Fue una época, para mí y mis amigos que publicábamos juntos, sobre todo de aprendizaje. Teníamos muchas ganas, mucha pila, todo nuestro tiempo estaba dedicado a Catzole, para decirlo de alguna manera. Hablo por Sanz, por Azamor, los que la hacíamos. Los viernes a la noche íbamos a vender a los que hacían la cola para ver a Dolina; los domingos íbamos al Parque Rivadavia; evento que había, íbamos; cualquier estreno de cine que pudiera ser afín (ponele Star Wars) íbamos a la cola y la vendíamos ahí. Nuestra vida rondaba en dibujar, juntarnos a armar la revista, ir a la imprenta a compaginarla, cortarla y abrocharla nosotros mismos porque así nos salía más barato y después venderla, distribuirla, conseguir publicidad y demás. Era una etapa de aprendizaje total. Aprendiendo a dibujar, a escribir, y rompiéndonos el lomo en equipo y haciendo miles de cosas que no era que no nos gustaban, si no que no eran nuestra tarea. Lo nuestro era dibujar nada más. Todo aquello nos sirvió un montón, aprendimos a armar una revista, el concepto de trabajar en equipo, juntarnos con otros historietistas que hacían otros fanzines. Fue una etapa dura. No de sufrir, pero complicada, porque no había mucha posibilidad de laburo. Era romperse para juntar la plata para sacar otro número, no es que hacerlo nos dejaba plata. Y si pasaba como nos pasó, que en la exposición Buenos Aires No Duerme ganamos como mejor fanzine, y ahí nos dieron un espacio en el que se vendía a morir y ese número vendió un montón, toda la plata que nos entró la pusimos en hacer el número que seguía: duplicamos la cantidad de páginas, mejoramos la impresión, le hicimos una tapa que se desplegaba en un tríptico. Así de sencillo. Y era una etapa en la que podíamos hacerlo: no habíamos formado familias, todos estábamos aprendiendo, andábamos en la misma. Fue una etapa genial para nosotros, pero coincidiendo con ese momento donde cerraba todo y no había lugares para mostrar el trabajo. Era esa dualidad de decir, ¿está bueno o no? ¿Es un garrón o está buenísimo? Después se fue acomodando todo con el tiempo. Se fueron dando otras oportunidades de poder publicar aquí y allá… y hay que seguir. Veremos qué pasa.

2. De personajes y realidades.

AR: Algo que me parece notable en todas tus historietas (pero más aún en las infantiles o humorísticas), es la presencia en primer plano de los conflictos familiares: en  Ferreópolis y en Zebita, los padres no tienen empacho en discutir frente a los hijos; Cándido guarda, más allá de las situaciones en las que se ve envuelto, una vieja pena familiar; ni hablar de Brunella, niña que en su pobreza material convive además con un entorno de violencia de género y explotación. Todo lo contrario al modelo de historieta aséptica, de familia tipo en un barrio sin conflictos...

J.J.R: Yo creo que en primer lugar, me sale así. Es como decís vos, en todas mis historietas ronda el tema, ronda esto de la familia y sus conflictos. Y de hecho en el último libro de Zebita, que se llama Zimplemente Zebita y recopila todo lo que salía en el diario, muere uno de los personajes. Me acuerdo que cuando fui publicando toda esa historia en el diario me decían pará, murió un personaje. Y sí, les decía yo. Es la vida, ¿a quién no se le murió un abuelo? Lo que quería mostrar yo, lo que quiero mostrar siempre, es que aparte de un gag, algo cómico o pasatista, mostrar que los personajes van viviendo cosas que vivo yo también. Por ahí un día no tenía ganas de hacer humor, y hacía humor con algo cotidiano que me molestaba o metiéndome más en la vida del personaje, en lo que le pasa a él más que al entorno. A mí me divierte mucho eso de los cambios en los personajes, ponerles conflictos de la realidad y el hecho de que muera un personaje al principio me lo planteé bastante antes de hacerlo. Después me dí cuenta de que, al menos para mí, fue lo mejor hacer eso, porque ganaba el personaje. Es un personaje muy conflictivo que habla con la zeta, que zezea. No tiene amigos, es más: tiene amigos imaginarios. Y en un momento de la historia pasaba esto, que siempre hacía a los padres peleándose, entonces dije y que se separen, ¿o se van a estar peleando en todas las tiras? E hice que se separen. Siguió así, y Zebita tenía siempre confidencia con uno de la familia, y ese personaje estaba viejito y… y bueno, que se muera. Ya está. Pasa en todas las familias eso. Siempre sin ir a lo burdo, por supuesto. No es Crónica, nada macabro. Simplemente visto a través de los ojos del personaje, que se le muera un ser querido y cómo se lo toma él, y qué pasa, cómo sigue, cómo se lo replantea.

AR: Y reflejándolo siempre desde lo gráfico, desde el dibujo. Como la secuencia en la que Zebita se entera que sus padres se separan.


Zebita refleja cosas duras para cualquier pibe.
J.J.R: Sí, siempre aprovechando desde el dibujo, de la historieta. En eso juego muchísimo con Dante Elefante, lo que es la viñeta, la onomatopeya, todo el lenguaje de la historieta. Ahí te diría que el 50% de los chistes tiene que ver con eso. Y en otro tipo de historietas cada tanto lo uso. En esa oportunidad me parecía bueno como recurso gráfico. Había un quiebre en la familia, y había un quiebre en la tira, la viñeta se caía y se rompía toda en pedazos. Y quedaba él sólo, ahí desnudito con su alma, desamparado. Me parecía que como imagen estaba linda para ese momento. Ahora cuando salga el libro de La Brunella, si bien es humorístico y demás, se mete mucho con lo que es violencia de género. De hecho en Facebook se armó medio una polémica con un par de viñetas que subí, que se malinterpretaron. Pero bueno, ahora cuando esté el libro lo van a leer entero y van a poder entender lo que quería contar. Quizás leyendo una viñeta sola piensen que va para un lado, pero cuando lean todo junto se van a dar cuenta de qué lado estoy, digamos. Pero también ahí me meto mucho con lo que es familias ensambladas, violencia de género o el hambre que vive el personaje. Un montón de temas así, cotidianos. Que están dando vueltas, que me gusta cada tanto mostrarlos. Me doy cuenta que me gusta a mí contar eso. La tira que empiezo a publicar ahora en Marzo en mi Facebook, que es el Oficial Yuta (un personaje viejo que ya tiene un libro publicado hace diez años) la estoy haciendo de vuelta. Porque me di cuenta que tenía un montón de cosas en la cabeza todavía para hacer con el personaje que quería contar. Que es un tema que no se acaba nunca, la violencia policial. Y la violencia de género relacionada a eso, también. Un montón de temas sociales que voy mechando con un humor un poco más simplista, pasatista o ingenuo.


AR: Y que sin embargo te sirven para darle voz a través de los personajes (como el caso de Brunella) a una parte de la sociedad a la que quizás el micrófono suele esquivar, o poner luz sobre pequeñas grandes injusticias a las que nos fuimos acostumbrando (caso del Oficial Yuta).

J.J.R: A los marginados, sí. Por ejemplo, el personaje ya tiene dos libros, se llama Brunella. Son Brunella 1 y el 2, que incluyen lo que publicaba de ella en la revista Comic.ar. Y ahora le empecé a buscar otra vuelta que es más humor gráfico, a color, hablando, hecha en un solo cuadro. No es una historieta, sino una viñeta sola. Y es el mismo personaje, pero ahora la llamo La Brunella, como para marcar ese otro ribete. Gracias a la publicación de sus primeros dos libros, se contactaron conmigo gente que trabaja con gente de la calle. Estuve con los muchachos de “No seas Pavote”, gente de Lavallol que está trabajando para sacar a la gente de la calle, dándoles un lugar, un plato de comida. Y es una locura, pero leyeron la historieta y se vieron reflejados, sintieron eso que vos decís, que alguien les dio voz. Entonces me contactaron, yo no los conocía. Y fui, estuve ayudando un poco, charlando y compartiendo cosas… y entonces es loco, porque llega, a algún lado va llegando lo que estás haciendo. Está buenísimo. Y es eso: desde mi lugar (porque yo no soy un flaco de la calle, si bien vengo de una clase media baja nunca pasé hambre, ni nada de lo que le pasa al personaje en las tiras) cuento lo que veo, ví o lo que me parece que le pasa a mucha gente. Obviamente debe haber mil formas más suaves o más crudas de contarlo, pero yo hago lo que me sale o como lo sé hacer.


La Brunella, una Mafalda acorde a la Argentina de este siglo.
AR: ¿Te inspiraste en alguien concreto para crear al personaje? Todos nos hemos cruzado con una Brunella o la vemos a nuestro alrededor cotidiano…

J.J.R: Es cierto, pero no. Se me ocurrió cuando en una época hacía mi propio fanzine, llamado Tirapia. Metí un chiste sobre una nena de la calle. Pasó un año casi, y como ese chiste me había gustado lo redibujé y empecé a hacer varios con el mismo personaje. Pero no eran tan fuertes, esas vinieron después, son las que se recopilaron. Las primeras eran más ingenuas. Porque lo que quería contar era que una nena de la calle también tiene una familia, y juega con su hermano y su madre, y tiene planes y sueña. Entonces arranqué por ese lado, pero después la historia sola me fue llevando por otros aspectos más heavy, metiéndose en temas como trata de personas hacia el final del libro. Empieza contando algo más tranquilo, a pesar de que el personaje tiene hambre y privaciones, hasta el final habla de eso. Pero te digo, terminó llegando a lugares a los que nunca pensé llegar, algo que está buenísimo. El primer libro tiene el prólogo de Jordi Coll, un editor de España que me está publicando Brunella allá, en una revista. Y el segundo es de Morvan, que es un guionista francés de puta madre, y que conocí cuando estuvo acá. Yo le dí el primer libro, y me sorprendió porque después me escribía hablándome del personaje, quedó enganchado. Yo le propuse hacer el prólogo del segundo libro y me dijo enseguida que sí. Y fue por el personaje, no por mí. Porque no me conocía, no teníamos ningún vínculo, simplemente leyó el libro que le dí y le gustó. Cuando volvió acá en otra oportunidad, fue a la Villa 31 para conocerla, porque no podía creer que la gente viviera así en Argentina, creía que yo exageraba todo en la ficción. Y se puso en contacto con gente de acá para ir a la 31 para ver de primera mano el hambre que hay acá, lo cuenta en ése prólogo. Esas cosas me flashearon, me voló la cabeza que el personaje genere eso. Que un tipo lea un libro y se pregunte ¿esto pasa de verdad?, no sólo leer y decir me gustó o no me gustó. Fue un paso más allá, quería constatar si de verdad ahí es tanta el hambre y la gente anda en patas. Para mí la verdad que estuvo buenísimo.

AR: Y cuando te encontrás con tu público, ¿qué personaje te suelen pedir que dibujes más seguido?  

J.J.R: Y, Dante es el más conocido, quizás. A Brunella me la piden mucho, también. Pegó bastante. Pero Dante se publica todas las semanas en la Billiken y ya tiene cuatro libros editados en De la Flor, tiene mucha llegada a los chicos. Por eso donde sea que haya chicos, en alguna escuela o eventos como este, me piden a Dante. Hoy por ejemplo, hice más Dante…

AR: Cuando empezamos esta charla me hablaste de tu fascinación por la revista Anteojito. Repasemos algunos personajes a los que les diste vida: Dante, Zebita, La Brunella, Niko y Miko, Ferreópolis… Me parece que a esta altura ya creaste tu propio Trulalá…

J.J.R: Es verdad (risas), y que de hecho los mezclo. El Oficial Yuta aparece en el libro de La Brunella, igual que Zebita. Esos tres personajes viven en el mismo contexto y todo el tiempo están interactuando. En la tira de Zebita, en el diario, aparecían Brunella  y el Yuta. En el libro que sale ahora de La Brunella aparecen Yuta y Zebita.  En las tiras de Yuta que estoy haciendo ahora, es inevitable que me surjan los otros dos, en la medida que pasa algo que involucra la voz de los otros personajes, interactúan. Ellos tres viven como en el mismo barrio o ciudad, están conectados todo el tiempo. Y después, a Dante lo meto siempre de fondo, como mi muletilla. Ya sea como elemento del decorado (un peluche, una foto en la pared) o incluso como alguien disfrazado de él en un tren de la alegría. Me gusta mezclar para los lectores que me siguen, que quizás sean los menos, pero aunque fuera uno sólo el que me sigue, cuando encuentra ese detalle es como un valor agregado, un guiño más para él digamos.

AR: No deben ser pocos los que te siguen, estoy seguro… Gracias por esta charla y  te seguimos leyendo, che.

J.J.R: Dale, buenísimo. Saludo a los lectores.


Apenas una parte de la obra de "Don Prolífico".


lunes, 16 de enero de 2017

Para no olvidar.

1. Multiversos multiuso.

Acerca de la Poesía, sabemos que es un arma cargada de futuro. Lo hermoso de la Historieta, es que en sus cuadritos y entrecalles caben la Poesía, el futuro, el pasado y otros tantos infinitos. Más allá de sus orígenes, o de los formatos y medios en los que mayormente se expandió y consolidó, aún no se han explorado (ni mucho menos agotado) todas sus posibilidades como vehículo de ideas. Como herramienta pedagógica, por ejemplo, ha tenido y tiene muchísimos usos. Acuden a mi mente instructivos de uso de artefactos o de aplicación de medicamentos, recetas de cocina, campañas de políticas públicas y libros de texto escolar. E incluso hay ejemplos más cotidianos. En su tránsito por las redes sociales, antes de llegar aquí, el atento lector de estas líneas habrá visto más de un mensaje (publicitario, político, paródico, etc.) representado en forma de viñeta. Algo tan común, que uno a veces no lo piensa.
Como con tantos otros inventos de la humanidad, la historieta no es mala ni buena en sí misma. Remitámonos simplemente a Héctor Germán Oesterheld, que algo de historieta sabía, cuando sintetizó la cuestión en una frase sencilla aunque nada pavota: “la historieta es mala cuando se hace mal” (el contexto de esta afirmación ha sido revisitado estos días por los colegas de la revista Kamandi, vale la pena darse una vuelta por ahí). Y como nos encanta jugar con las palabras, podemos ampliar diciendo que es mala cuando se usa para el mal. Ambas cuestiones, el cómo se hace y el cómo se usa, son los ejes que hoy me interesa analizar a partir de lo que mencionaba al principio. A partir de una de las encarnaciones posibles de la Historieta cuando se la usa de forma pedagógica, acaso la más emblemática: la historieta de temática histórica. 

2. HGO lo sabía.

En Argentina, hemos tenido y hay varias experiencias de abordaje de la Historia a través de historietas. Y bien diversas entre sí tanto desde lo estético como desde el enfoque del que se parte. En virtud de esto último, no será esta nota la única referida al tema, porque muchas de ellas son muy buenas y merecen un capítulo aparte. Hoy tomo un par de estas experiencias como ejemplo de lo que dije más arriba, el cómo se hace y el cómo se usa. Vuelvo entonces a Oesterheld, para tomarlo de ejemplo con su serie “Latinoamérica y el imperialismo”, realizada junto a Leopoldo Durañona entre 1973 y 1974 para la revista “El Descamisado” de la organización Montoneros, a la que el guionista se había acercado por intermedio de sus hijas. Cada entrega, de entre tres y cuatro páginas, tomaba diferentes episodios (como las invasiones inglesas) o figuras (Rosas, Artigas, Urquiza) desde un revisionismo que, naturalmente, buscaba tender puentes entre el pasado y el momento en que se publicaban, desde la línea política de Montoneros. Estamos frente a la cuestión del arte y el compromiso político, discusión eterna y frecuentemente mal abordada. Es el momento en que la persona que conoce su oficio y es buena en el mismo entiende que además puede ponerlo al servicio de algo justo en lugar de solamente usarlo en beneficio propio. Suele ocurrir que se desmerecen obras al ser evaluadas únicamente como panfleto. Sucede en todas las artes, John Lennon se cansó de discutir el asunto cuando le reclamaban que hiciera más pop en lugar de hablar del mundo que lo rodeaba (Lopérfidos hubieron siempre en todas partes). Acá Oesterheld encarna la frase que enunciara él mismo unos años antes y que citamos más arriba: la historieta es mala cuando se hace mal. Pero no se trata de mala fe únicamente. Pueden ocurrir (o se puede incurrir en) otras cuestiones. En uno de los episodios (“El 17 de los Orilleros”) tropieza haciendo una interpretación de Mariano Moreno que los lectores consideraron forzada o errónea, dando lugar a un debate entre los mismos y los editores del semanario. Está todo reflejado en el libro que recopila la serie, oportunamente publicado por Doeyo y Viniegra Editores, donde se incluye la explicación que el propio guionista daba al respecto en la ya clásica entrevista concedida a Carlos Trillo y Guillermo Saccomano en 1975:
“Para mí fue por un lado la afirmación, en ese sentido, de lo que puede hacerse en historieta, enriqueciéndola. La historieta ha dado una serie de cosas como la aventura, pero existen en el género vetas sin explotar. Eso de El Descamisado fue algo nuevo. Es como ocurre con cualquier género literario, una manera de hacer potable ese compromiso, y hacer un aporte útil. Es esto lo que quisiera hacer con la Guerra del Paraguay, claro que en una forma más fácil y no tan irritante. Tengamos presente que la historieta de El Descamisado era una referencia constante a la actualidad. Una buena historieta sobre la Guerra del Paraguay sería utilísima para el desarrollo cultural de un montón de gente, explicaría pila de cosas. Después, aparte de otros problemas que hubo con El Descamisado, entró a fallar la documentación y la continuó, cuando yo la dejé, Jorge Morhain. Esa historieta, aunque pudiera tener doce o catorce cuadros, me costaba mucho más esfuerzo que tres guiones para (la editorial) Columba. No sólo había que documentarse sino encontrar cosas claves que tuvieran que ver con el presente. La historieta trazaba constantemente un paralelo entre el pasado y el presente. Esa fue una cosa que surgió del trabajo, al hacerlo. No fue inicialmente deliberado. Después le encontré “esa vuelta” y realmente quedó como uno de los aportes más originales.”
Lo que ocurrió con aquél episodio no invalida un ápice la obra en su conjunto. Precisamente porque estaba bien hecha. Fantásticamente dibujada por Durañona. Y escrita por el mismo Oesterheld que nos había dado Mort Cinder, El Eternauta, Ernie Pike y la vida del Che. La intención era clara, así como específico el lector al cual estaba dirigida. La buena pedagogía es la que genera y abre debate de ideas, no así la que busca imponer un pensamiento único. En ese sentido, “Latinoamérica y el imperialismo” se enmarca claramente en el primer caso.

3. Debo estar en América del Sur (¡garantizado!)

Si al contar la Historia en historieta está el peligro de caer en inexactitudes o hacer interpretaciones forzadas, no faltará quien piense que es posible hacerlo de manera “objetiva”. En otras palabras, sin bajadas de línea, apolíticas, asépticas, light. Y si es light, se puede vender y comprar en el supermercado, ¿por qué no? Yo he tenido la experiencia de ver historietas sobre San Martín y Belgrano en una góndola cualquiera, tiradas en el piso, exhibidas así nomás junto a revistitas de actividades con la licencia de Disney del momento. Porque así fue concebido ese producto. Así como Nik pone la firma en cualquier artículo que lleve la cara de Gaturro y después simplemente va y cobra, el historiador mediático best seller pone contento su nombre para que la mayor cantidad de gente posible consuma unas historietitas inspiradas en lejanas gestas patrias, para consumirse de la misma manera en que consume agua saborizada, jabón para la ropa o yogur laxante, con la misma lógica. 
Cuando el año pasado la editorial Planeta decidió ampliar la colección Historieta Argentina de Felipe Pigna con una nueva línea (Historieta Americana), hubo algo que me llamó la atención. Habían incorporado dos buenos historietistas como son Luciano Saracino y Fabián Mezquita. El único tomo anterior de esa colección que había leído, no se destacaba desde el dibujo y hacía gritar a uno de sus personajes “que se vayan todos” en una rara referencia a 2001, siendo que se trataba de las invasiones inglesas de 1806.
Sin embargo el resultado de esta nueva serie me decepcionó bastante. Desconozco en qué condiciones habrán tenido que llevar a cabo ambos tomos los autores (el primero sobre Cristóbal Colón y el segundo sobre Túpac Amaru), pero claramente no están a la altura de sí mismos. Intuyo que la cuestión pasa por lo que marcaba más arriba. ¿Con qué lógica está concebido este producto? Porque a pesar del respeto que les tengo al guionista y al dibujante, no se puede usar aquí la palabra “obra”. ¿A qué público va dirigido? Uno intuye que al público infantil, porque la lógica que se adivina es que haya un Pigna para cada sector de mercado. Producido para consumidores de “contenidos” en lugar de lectores. El tema es que ver la misma carita copiada y pegada varias veces hace ruido. Ampliaciones de cuadros en los que se nota el pixelado, hacen ruido. Un pibe se da cuenta, son cosas que se notan. Cuando un editor es reemplazado por un diseñador, se nota. Y la calidad es importante porque estás contando cosas importantes. Otra vez: la historieta es mala cuando se hace mal.


4. Para no cambiar futuro por pasado.

¿Por qué se me ocurrió escribir sobre esto? Como siempre, para hacerse y responderse preguntas a uno mismo. Y compartirlo. Acá van dos. La primera ¿Por qué son importantes las historietas históricas? Repito las palabras de Oesterheld: son utilísimas para el desarrollo cultural de un montón de gente. Y añado, porque ayudan a tener una saludable memoria. Porque hay cosas que no cambian. O mejor dicho, luchas que no debemos abandonar. En la historieta sobre Túpac Amaru, Saracino hace hablar así al Virrey Vértiz: “Es la salud del Virreinato la que se está poniendo en juego. ¡Y todo por una rebelión encabezada por animales!” Continúa Vértiz: “Que la Historia olvide para siempre esta insurrección y recuerde el modo en que la misma fue acabada para siempre”. “Amén”, contesta un sacerdote, y no resulta difícil pensar en el actual gobernador de Jujuy, así como en los grandes propietarios y el clero a quienes representa. Se trata de cosas que no son nuevas, tan sólo las fuimos olvidando.
La otra pregunta, al respecto de lo que planteaba al principio sobre la historieta, el cómo se la hace y cómo se la usa. ¿Cuál es el peligro de una historieta mal hecha? Que además de estar mal hecha, se la use mal intencionadamente. Pasó de largo para muchos, pero no fue ninguna pavada. Hace tan sólo mes y pico aproximadamente, el Ministro de Cultura de la Nación, ese que ordena despidos y palos mientras se va de vacaciones, declaró con total liviandad: “esta es la nueva Campaña del Desierto, pero no con la espada sino con la educación”. Tenemos que estar atentos. La batalla cultural es importante, la construcción de sentido es importante. Y la buena memoria es fundamental. Como dije antes, no será esta la única nota al respecto, hay muchas buenas cosas para recomendar. Ojala sigan apareciendo buenas historietas sobre nuestra Historia, para que siga siendo nuestra y no nos la vuelvan a robar. Al Rescate también de eso.